jueves, 2 de agosto de 2018

“Los tigres albinos” de Hipólito G. Navarro


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Es Hipólito G. Navarro un adorador de la palabra. Cualquier palabra oscurece su significado, todas son gemas. Mira cada una de las palabras de nuestro vocabulario como resultado de una lenta y profunda destilación. Y además significan. Y depende de donde las pones, la música suena con uno u otro timbre, con una u otra intención, dejando por el camino toda importancia de la significación. Es más importante la sospecha, lo entredicho, la aproximación, lo velado. No está Hipólito G. Navarro para realidades. No está volcado en el hombre, creador de palabras. Está volcado en una forma clara y determinada de contar lo que se le ocurre.
Porque esta narrativa está llena de ocurrencias, los sucesos son alambicados y las frases quieren ser un mundo cada una de ellas.
Son cuentos escritos para todo eso, buscando la sorpresa final, sin perder de vista tantas cosas ajenas a la historia que al final, ésta en sí, no importa. Porque son historias manidas, de andar por casa, que sólo tienen el artificio que el autor les endosa.
Por ejemplo, “Gruyeres nevados”. Una pareja ha salido al campo a coger leña de manera ilegal. Follan y después él se pone a mear, mientras ella ve como llegan dos miembros de la Guardia Civil y aprovecha para hacer una fotografía. La Guardia Civil los amonesta por dejar el coche mal aparcado, en situación de peligro en plena carretera, ellos se muestran sarcásticos (bastante irreal), y se van. Cuando se giran ven como los dos miembros sacan sus respectivos y mean sobre el muñeco de nieve, apareciendo a fuerza de derretirse, el condón antes utilizado por la pareja.
¿Por qué el autor nos cuenta esto? Para hacer un juego elusivo, un ejercicio creativo y distraído, sobre el hecho de ser sorprendido meando sin nombrar la palabra polla, pene, orín, meada o parecidas. Para hablar de follar en el campo sin explicitarlo. Y eso sí, para emplear palabras sobre las que el mismo autor llaman la atención, como peripleando, llevar a cabo un periplo, que no reconoce la RAE, o peneano, relativo al pene.
Es suficiente razón para escribir una historia. Yo creo que no. El autor piensa que sí y es de suponer que se lo pasa bien. Me alegro. No me extrañaría nada que algún cuento haya nacido para darle existencia a un título a priori, que diría el autor.
Hay escritores que escriben una obra para disfrute del lector, algunos incluso se jactan de sufrir horrorosamente para escribirlas. Y la ofrecen como producto serio y muy a tener en cuenta, irrepetible. Es evidente que Hipólito G. Navarro quiere disfrutar la obra con el lector, ser su cómplice y que de sufrir “rien de rien”. Se lo pasa pipa. Nos invita a su juego, a aportar una predisposición, sin la cual, no sacaremos nada en claro. Son como fuegos artificiales. Y ya se sabe, los fuegos artificiales, o te gustan o no, pero no esperes que duren. Tanto florilegio desdibuja la trama, le quita intensidad. Uno no se puede centrar ni en la historia, ni en el adorno. Es difícil armonizar tanto exhibicionismo lexical con una historia, las más de las veces cotidiana. Descompensado.
En la página 123,
“..se rompió en infinidad de trocitos pequeños de a mezclados con el deseo hecho añicos, trocitos  de a que se lanzaron a su vestido… “
Uno se olvida de la historia y se queda enganchado en ese “de a” que no comprende.
Sólo he encontrado un equilibrio perfecto en el cuento “Orquídea de duodeno” entre la ocurrente historia y el consabido juego con las palabras.  En casi todo lo demás, o la ocurrencia es de andar por casa o manida, como en ese último microcuento del libro que se llama,


“El dinosaurio” (¡Vaya por Dios, otro más!)

El dinosaurio estaba ya hasta las narices (¡No me extraña!)

Los “entreparentesis” son míos.

¿De verdad? Pues sí. Al despertar el cuento todavía seguía dando que hablar.
En fin, narrativa de aperitivo.

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