lunes, 5 de mayo de 2014

“Carmina y amén” de Paco León




Recuerdo hace unos añitos cómo eran recibidas las películas “nuestras”. Con regocijo y rechazo, ambas reacciones extremas. Los había que se mondaban de risa o de pena y los había, que sesudamente entregados a las influencias externas arrugaban la nariz y ponían cara de absoluto asco.  Sólo José Luis Berlanga parecía conciliar opiniones. Hoy algunas de estas películas son contempladas con respetuoso silencio y rondan nuestras mentes admisiones inconfesadas.
Gracias a quien sea, hace ya algunos años perdimos la vergüenza de ser españoles sin libertad y con boina, y cada vez más disfrutamos sin complejos de nuestras virtudes y nuestros defectos. Los últimos éxitos del cine español se parecen a los últimos éxitos de la cocina española, de la moda española, del deporte español y de la política española, no, perdón, que ésta sigue igual. En fin, que nos miramos y nos damos menos asco, salvo en el caso de la política como uno no se cansa de repetir. Como ha hecho Paco León en su película. Y es que no es para menos, si no para más.
La segunda película que ha realizado este atrevido director, arrebatado por la recia personalidad de su madre tiene defectos: Sobreactuación, poca originalidad, demasiado Almodóvar en la salsa, y un tufo de complacencia que deja ver el músculo fatuo del amor a uno mismo, cosa que yo siempre disculpo y que no hace falta explicar. Sin embargo, pasado el tiempo, no tengo la menor duda de que las dos películas de Paco León, así como la fantástica saga de Santiago Segura sobre su irrepetible “comemierdas” Torrente y algún otro film costumbrista de parecida factura serán visionados más con la intención de ver como respirábamos y nos enfrentábamos a nuestras miserias que disfrutar de unos momentos de ocio. Porque hay mucha mala leche y mucha pena debajo de tanta risa.
Así, como somos nosotros.
Si uno viaja por el país e interrelaciona con los naturales de cada sitio, raro será aquél en el que no encuentre a un parroquiano que no le diga que su pueblo es el que más bares tiene de todo el país, que los más brutos también tienen el honor de nacer allí…….. y, signo de modernidad y de cómo nos ha cambiado la democracia, añadirá que los dos últimos alcaldes han sido unos corruptos. Y se quedará tan pancho.
Y es que no conocemos otra forma de exorcizar nuestras miserias que aireándolas y esperar que la naturaleza de lo público con la fresca brisa de la exposición oreé las sabanas de nuestros más hediondos tufos.
No otra cosa hay en la película, mas me es fácil imaginar a Paco León dándole vueltas al hecho de que de entre tanta basura surjan flores como la que retrata en la película, sea este retrato fehaciente copia de su madre o no. Todos hemos podido contemplar en nuestra vida a este tipo de seres humanos tan bien plantadas en la vida. Con los pies en el suelo, porque cojones no tienen, y tirando p’alante contra viento y marea. Bebiéndose la vida a bocados a la vez que conscientes de que la vida las trituraba. Yo he tenido la suerte de conocer a dos, aunque ninguna era mi madre, pero me sirvieron de esperanza y gozo.
En las películas está la parte técnica y la parte artística. Los dos aspectos bien desarrollados dan para un producto equilibrado pero no siempre son garantía de óptimo resultado. Cuando la parte técnica prima, el tornillo entra bien en la tuerca, pero la vida está en otra parte.
El arte se cisca siempre en las riendas y las acepta a regañadientes, nunca con complicidad, porque hacer camino es su objetivo y si no hay carretera, hay camino y si no tenebrosa senda que cruzar. Lo primordial es llegar. Como Carmina.
Sólo me ha crujido un poco esa debilidad reaccionaria, o pudor de hijo, de no permitir a la buena mujer darse un revolcón con el negro. Morirse con esa espinita le pone al personaje un pizquita de debilidad. Una debilidad que yo también pude ver en los dos ejemplos de los que he hablado antes.  O quizás no sea crujido y lo que yo tomo por debilidad sea un respeto más allá de toda prepotencia a eso que somos, tan frágil y bello, que aunque hay que tratarlo con respeto hay que evitar rallarlo.
Mi consejo es que hay que ver la película, aunque sólo sea por la lección magistral sobre el chocho colgón, que bien lo vale, a pesar de no ser perfecta en su transcurrir porque al fin y al cabo se parece a la vida. ¿Y quién no ha sacrificado alguna vez un formulismo, una norma, una corrección para poderse llevar algo de provecho al corazón? Pues eso.

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