miércoles, 2 de noviembre de 2016

The Hunter de Daniel Nettheim (2011)


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Paradójicamente el hombre será el causante de la desaparición de unas cuantas especies de nuestro planeta y, a la vez, el que lo haya contado de la manera más hermosa. En esta película se narra la desaparición de una de ellas.
El duro rostro, y su indiscutible capacidad interpretativa, de Williem Dafoe junto con las salvajes imágenes de la naturaleza que esta cinta nos brinda sirven para encuadrar esta historia apocalíptica en la que se narran las vicisitudes de un solitario cazador al que le encargan la captura de un animal, parece que el último de su especie, que dispone de unas toxinas para adormecer a sus víctimas y que una diabólica empresa farmacéutica, que las hay, quiere tener para….hacer negocio, como siempre. En esta línea parece que ahora son los burros los que están en peligro debido a la voracidad china por algún producto que sólo existe en su organismo. Es un no parar.
Volviendo a la peli, entre medias de la historia principal, las intrigas de los conservacionistas forestales frente a los locales que viven de la explotación del bosque y una familia que sobrevive tras la desaparición del cabeza de familia, a la que pertenecen dos niños que dan la réplica perfecta a la soledad del implacable cazador. La buena interpretación de los dos jóvenes protagonistas es la responsable de buena parte de  la carga emocional de la historia. Sam Neill y Frances O’Connor cumplen con solvencia su papel de secundarios de lujo.
La escena, un tanto absurda, de unos altavoces en un lugar en que sus días estarían contados y una escena final que podía haber sido más contenida se contrarrestan con la acertada escena del arreglo del alternador y la consecuente confusión de la esposa abandonada y la del animal atrapado, rendido, que hace vacilar al cazador.
Una película que se ve con interés sobre como unos, los más débiles, deben morir para que otros, los más fuertes, sobrevivan. En esta película se trata de una especie, en otras, de miembros de nuestra propia especie. Así va el asunto.
Algún día, ¿de aquí a cien o doscientos años?, alguien echándole un vistazo al panorama desértico, un erial infinito, que tenga delante, se preguntará cómo pudo pasar que teniendo lo que teníamos hayamos llegado a esto. Una pregunta que ya hace mucho tiempo se hace cada vez más gente. Se ve que es todo lo que podemos hacer, preguntarnos.
Con la esperanza, quizás, de que algún día hagamos algo más. Sobre todo los que tiene el poder de cambiar la deriva. En fin, la película no sobra.
Por cierto la traducción en castellano como "El ultimo cazador" es simplemente una traducción que no tiene ningún sentido, pero ninguno. Pura ineptitud.

jueves, 27 de octubre de 2016

“Asamblea Ordinaria” de Julio Fajardo Herrero





En esta segunda novela de Julio Fajardo se repite la construcción del texto que ya utilizó en la primera. Novela coral a tres voces, en las que se narra las consecuencias que la crisis iniciada hace casi diez años ha traído a nuestra sociedad y en la que torna a ser exhaustivo en la exposición de los hechos. Lo que ocasiona una asfixia del desarrollo de los personajes que se quiera o no, produce la  voz omnipresente del narrador. De hecho esto se aprecia en los últimos tres capítulos del libro. Capítulos que al ser resolutivos muestran un poco de la carne de que están hechos los personajes. Y que son los mejores del libro.
Si el narrador se apartase un poco y dejase que la voz propia de cada uno de los personajes, la esposa decepcionada, la tía con sobrino parado y el empleado cualificado mostrasen su personalidad, la narración adquiría riqueza y complejidad más acorde a los hechos que relata. La segunda persona empleada en el tercer caso deja asomar un poco a ese avispado y lucido empleado que impepináblemente al retratar a su jefe se retrata él.
No hubiera estado de más, a parte de esa exposición menos intensa del narrador, una voz en primera persona para meterle más entraña a la intención de la novela. Porque un punto de vista burgués asoma en la narración. Ese punto burgués que impide bajar a las alcantarillas. ¿Dónde están los suicidios que se han producido? ¿Dónde las familias desahuciadas que se han tenido que ver con hijos y enseres en la calle o viviendo de la caridad o visitando diariamente los bancos de alimentos?  Las vidas, no rotas, destrozadas.  ¿Dónde esos hijos de puta, perdón, que se han enriquecido con la desgracia ajena? ¿Y los políticos desalmados? ¿Dónde el PP, el PSOE, los Pujol y los Bárcenas? Porque por momentos la novela parece flotar en la inopia. Más Madrid, más Barcelona en las páginas.
 Y eso el autor lo sabe, porque ha aparecido día sí y día no en los diarios. Y porque lo pone en evidencia cuando se atreve a retratar en el último capítulo a ese amigo del sobrino que le vendió preferentes a toda su familia, de lo que se arrepiente. Pero ¿Y los que no se arrepienten?  Cuando se escribe no se puede tener buen corazón. Bernhard y Celine lo sabían.
No creo que Julio Fajardo escriba sólo para entretener. Creo que esta novela nació con el fin de denunciar. El camino que dibuja de los súbitos “luchadores sociales” que tienen un ojo en las reivindicaciones sociales y el otro en el cargo o en el puesto de la lista que van a tener en los nuevos partidos era el camino para conseguir consistencia y perdurabilidad en la narración. Es decir, mala leche, mala baba, implacabilidad. La literatura, la buena literatura no se merece menos. Y las víctimas de esta crisis tampoco.
Julio Fajardo tiene todo el equipaje necesario para hacer una literatura de fondo: Perspicacia, sabiduría interior, capacidad reflexiva y analítica. Esa es la armadura. Le falta la determinación de meter las manos en el barro y de llenarse hasta la cintura, no de mierda, que también, si la hay, si no de compromiso con la verdad, con la realidad sin parar mientes en convencionalismos ni apariencias. La gran literatura siempre se ha meado en semejantes ataduras. La literatura y el arte en general. Lo que diferencia al artesano del artista. Por ahora Julio Fajardo es un buen artesano. Lo que no es poco….ni suficiente.

viernes, 21 de octubre de 2016

“Elle” de Paul Verhoeven (2016)



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De las películas de Paul Verhoeven, algunas convencionales hasta lo más habitual y  hoolywoodiense que uno pueda imaginar, ésta es con mucho la más intranquilizadora y por lo tanto enriquecedora que ha dirigido hasta el momento. Además entra en el grupo de las inequívocamente amorales en las que lo único que tiene validez es la fortaleza interior para sobrevivir en un mundo en que todo, incluida justicia y compasión, es anecdótico. Todo menos sobrevivir. Mandato sagrado. Contra todo y contra todos. La vida convencional, con sus pilares, la familia, la justicia, etc., etc., saltan hechas cisco.

La protagonista, Isabelle Huppert ha entendido perfectamente lo que se esperaba de ella y lo borda, fue colocada en su niñez en una situación de desprotección, desvalimiento y abandono, que nunca queda clara en el film, que para siempre le dio una perspectiva de la vida muy poco corriente y sobre todo nada influenciable: Lo que no te mata te alimenta pero lo que no te aniquila te convierte en un ser humano blindado que no hace asco a nada que pueda satisfacerla. La moral se convierte en un grupo de normas para colegiales y todos los lazos emocionales que puedas construir carecen de futuro, esperanza y fiabilidad….pura naturaleza.

Pues esta protagonista sufre un asalto en su casa y es violada. Lejos de acogerse a las reacciones típicas de esas situaciones, contemplamos intrigados y un tanto excitados, durante dos horas y pico, la existencia de esa “victima”  que nos es expuesta con todo detalle. Una existencia que no se ve alterada por el hecho en lo más mínimo por la simple razón de que el picotazo de una avispa en la piel de un elefante pues….ni cosquilleo. Aunque ella tiene deseos de saber quién puede haber sido el asaltante. ¿Para qué?

En ese paraqué Paul Verhoeven se mueve como pez en el agua. Es cruel, impredecible, irónico, cínico…vamos, muy entretenido. Teje una narración que cuelga permanentemente de la expresión de Isabelle Huppert que cual cicerone nos va guiando por la historia sin dejar en ningún momento de intrigarnos. Y de ni tan siquiera al final del film dejarlo todo meridianamente claro… ¿O sí? No lo sé, pero no tiene la menor importancia. En el escenario que ha tejido el director, dónde  va la vida y si se comen perdices o no, carece de importancia. Lo imprescindible es el banquete que nos hemos dado.

Una de las constantes de estas películas inquietantes de Verhoeven: “El cuarto hombre”, “Instinto Básico” es que los hombres son todos unos pringados, unos mandilones. No sé si tomármelo a bien, un mundo de mujeres fuertes sería así de desangelado, o mal, en un mundo tan equivoco como este del film los hombres no tienen nada que hacer si no padecer, débiles y predecibles.

De todas formas hay que ir a ver la película. Hay mucha enseñanza…se tenga aptitud para ello, o no.

Y una moraleja: Si vas de fiesta y hay algún extra en el espectáculo, encárgate de que todo el mundo que asista esté enterado porque si no puede ser que algún despistado te la joda.

O eso me ha parecido que quería decirnos Paul Verhoeven.


miércoles, 12 de octubre de 2016

“Kaddish por el hijo no nacido” de Imre Kertész



Portada Kaddish por el hijo no nacido

Más allá de los premios e incluso más allá de los reconocimientos que un creador pueda recibir está la perdurabilidad de su obra y más aún la influencia que tenga sobre el campo del arte en el que ha trabajado.
Si pusiéramos en imágenes esa perdurabilidad por medio de un sendero que queda expedito al paso de ese creador no cabe la menor duda que el sendero abierto por Thomas Bernhard ha sido amplio y que tardará en cerrarlo la maleza del tiempo, si es que lo cierra alguna vez. Un sendero en el que yo he disfrutado desde hace muchos años. Años ya lejanos que más de una vez han hecho que lamente la avaricia lectora que me ha llevado a tener que releer alguna de sus obras si quería volver a dejarme hipnotizar por su prosa.
Por eso me ha sorprendido agradablemente y mucho encontrarme con esta pequeña novela de Kertész que es un remedo descarado del estilo bernhardiano que él no oculta, al revés pone en evidencia, lo nombra dos veces a lo largo de la historia, así como a Wittgenstein, obsesión bernhardiana y tema de algunos de sus libros, como homenaje del discípulo ante el maestro. Un discípulo consagrado con el premio Nobel de literatura en 2002.
A diferencia de los otros dos libros de Kertész que he leído, “Sin destino” y “La última posada”, de prosa lineal, acerada, de frase corta y ningún circunloquio ni titubeo, nada proclive a las figuras literarias enrevesadas, este pequeño libro es un festín bernhardiano.
Frases interminables, con aclaraciones, contradicciones, repeticiones, enumeraciones constantes, ese darle vueltas a los alrededores de una idea, sin acabarla, sin abandonarla, ese añadir detalles hasta construir una prosa de una musicalidad hipnótica. Sólo el tema no es bernhardiano. De hijos y esposas como tema central nunca habló Thomas Bernhard, más metafísico. Y si lo hacía era de manera anecdótica. Su tema era más “él” como  ser humano que “yo” como ser humano. Incluso en su autobiografía.
En este librito Kertész le endosa a su hijo no nacido un largo kadish, oración judía, para explicarle porque no ha nacido y cómo fueron los años de convivencia con la que no fue su madre, aunque no hay que engañarse, Kertész está hablándonos de su imposibilidad para sobreponerse a su tema perenne, los años pasados en los campos de concentración nazis, y aunque no lo hace tema central no puede evitar que se le escape en la pg. 57:
 “No tengo ninguna tarea en este mundo desde que llegué al final de mi existencia”.
Que por supuesto encontró en Auschwitz y Buchenwald.
De porqué de este cambio de estilo seguramente tiene la culpa la convicción de Kertész de que si quería narrar algo desesperanzado, terrible, nihilista, implacable, recurrir al estilo de Bernhard era una buena opción. Y lo es. Pero más que  por el resultado conseguido por poner en evidencia que aunque de los dos fue Kertész el que más padeció en la vida, el que más sombríos recuerdos pudo tener, no ha conseguido llegar a la cima de desesperación existencial del maestro, ni siquiera en sus ataques a Hungría, remedando el odio que trasmitía Bernhard por esa Austria deshumanizada y corrupta.
El horror, el sufrimiento, las calamidades sufridas por Kertész tienen una causa, un porqué. Por lo tanto se vislumbra una esperanza. No volver a repetirlo, pues se sabe cómo ocurrió. Mientras que Thomas Bernhard no tiene explicación. No lo puede evitar, mil vidas que viviera, mil vidas podía volver a sufrir. A Kertész le bastaría con huir de Europa para evitarlo. Bernhard lo lleva dentro. ¿A dónde huir?
Quizá Bernhard supo ver como nadie como se engendró el horror y Kertész nos cuenta cómo era.
Esto explica porque Bernhard te deja tiritando y Kertész te deja helado. Sobre todo si los has leído por ese orden.