sábado, 1 de diciembre de 2018

“Infiltrado en el KKKlan” de Spike Lee (2018)



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Parece clara la intención de Spike Lee en ésta, como en todas sus películas, de plantear una situación degradante en la que un país lleno de postureo, aún hoy en día, es racista y maltrata tanto a minorías como a no tan minorías debido a su raza y procedencia. Vale. El mundo de los negros es el universo de este director. El fue el primero que construyó en el cine una óptica negra para narrar la vida de los negros en USA.  Vale. Algunas veces sin casi blancos y algunas veces sin casi racismo. Vale. A partir de ahí las películas y series de negros menudearon.
Pero si eso es lo que busca en este film la forma de hacerlo no funciona.
Uno llega a las imágenes finales de la historia y se encuentra descolocado. ¿Esto iba en serio? Ya lo sospechaba uno. Viendo al KKK y ciertos comportamientos. Pero el hecho es que durante toda la proyección Spike Lee ha estado haciendo otra cosa.
Con un guión irregular, de dialogos algunas veces descabalgados, caricaturescos, para unos personajes que no cuajan, ninguno, más propios de Eddy Murphy y compañía, el director nos lleva por una historia que uno imagina tremenda pero que el banaliza y en la que comete errores como “nazificar” a los blancos. Me explico. En esta película los blancos son tan tontos, tan pueriles, tan malos, tan locos, tan borrachos como en muchas películas “fast food” han sido y seguirán siéndolo, me imagino, los rusos, los alemanes o los pieles rojas. O en algunas españolas del franquismo, los rojos.
La única blanca con papel preponderante en la peli, es retrasada mental y gorda. El jefe del KKK es un engreído, fatuo, no ya caricaturesco sino intencionadamente repulsivo.
O sea que al final uno llega al trozo “documental” del film y no siente nada. Un poco la sensación que uno tiene cuando oye en un noticiero que han muerto unos cuantos emigrantes en el Mediterráneo y a continuación el locutor o locutora te dice que te compre determinada marca de automóvil porque vas a ligar más. ¿Acualo?
Si lo que Spike Lee quería era hacer una crítica sobre el racismo imperante en los USA, casi no lo consigue.
Si lo quiere es vengarse de los blancos racistas, ridiculizándolos, casi tampoco. Porque son unos blancos increíbles. Los blancos racistas hoy en día están en la Casa Blanca. Y no tiene un pelo de tonto.
Una película tonta e intrascendente. A pesar del tema. Repito, la intención no he sido capaz de verla.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Masked and Anonymous de Larry Charles (2003)



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Nada en esta película tiene pies o cabeza. Y mucho menos, no sé, una línea narrativa, de guión o de algo que haga que lo que se está viendo forme un todo homogéneo. Es un todo disparatado, inconexo, con un gran plantel de actores, interpretando unos papeles que no pegan unos con otros ni por casualidad. Uno está toda la proyección imaginándose al personal que suele haber tras las cámaras, toda esa parafernalia de ayudantes, iluminadores, cámaras, guionistas, director… tal es el nulo poder de embeleso del film.
Los dialogos, unas veces son estúpidos, otros pretenciosos, otras banales.
Se puede decir, que si relacionamos el potencial interpretativo con el resultado de la película resultante, estamos ante la peor que he visto en mi vida.
Y todo, seguramente, porque conociendo como las gasta el perpetrador a buen seguro del proyecto, no habrá dejado rincón del mismo sin añadirle su toque. Me estoy refiriendo a Bob Dylan, que ya ha hecho incursiones en el cine, todas con más pena que gloria.
Si les digo que es tan buen músico como mal actor, teniendo en cuenta que para mí es el mayor músico del siglo XX en esto de la música moderna, pues tendrán una idea de por dónde van sus dotes interpretativas. Peor imposible. Estás embebido en los pocos duelos de calidad interpretativa que protagonizan Jeff Bridges y John Goodman, aparece Bob Dylan, y casi se te escapa… ¡Corten, corten!, ¿Quién es ese de las greñas?... en serio.
Exactamente no se que pretendía al escribir este guión, pues parece que lo escribió él, si es que sabía lo que pretendía. Más parece un experimento para olvidar que otra cosa.
Sólo la BSO de la película se salva.
Músico a tu música.

lunes, 29 de octubre de 2018

"Saber perder" de David Trueba



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En esta novela de David Trueba lo primero que se te viene a la mente una vez adentrado en sus páginas es que es una obra literaria de corte impresionista. Las frases cortas se suceden, sin descansillo para la descripción o la reflexión, siempre  hay un personaje haciendo algo. Estamos subiendo una escalera de imprevisible final pero que nos lleva a alguna parte.
Son estas frases, como pinceladas, sin llegar al puntillismo, que van definiendo la historia. Es una esplendida novela donde lo simple del estilo enmarca la vida cotidiana, común, que el autor humilde y compasivo, dos condiciones “sine qua non” para ser un gran escritor, retrata sin que casi se sepa que anda por ahí.
No hay una gran construcción de personajes, los caracteres no están muy definidos, pues la intención es precisar que es lo que les pasa a los personajes, es hablar de la vida. Y como bien indica el título, la vida es una pérdida constante. Y por lo tanto lo más beneficioso para nuestros corazones y almas es aprender a perder. ¿Para qué queremos precisar los perfiles de los personajes si inapelablemente le va a suceder lo que le tiene que suceder?
Aunque el estilo de David Trueba no va a aportar nada nuevo a la historia de la literatura y no marca una nueva senda a la escritura, sí que lo hace su mirada.
En esta novela se entrelazan básicamente tres historias, la del abuelo, la del padre y la de la hija de una misma familia. Y ninguna acaba bien, ninguna es edificante pero las tres respiran la amabilidad de saber que tiene que ser así. Que las cosas se acaban o se interrumpen o se quedan impunes porque al margen de nuestros deseos todo se anuda y se entrelaza de manera que si nos olvidamos de nosotros mismo no suena tan trágico. Todo está empezando y terminando a cada instante y si aceptamos que algún día lo seguirá haciendo sin nosotros, nuestra salud lo agradecerá.
Y si no, peor para nosotros, porque no hay otra forma.
Esa es la mirada moderna que recorre la novela, lo que la hace actual, de nuestro tiempo. Un tiempo dónde Dios no ha muerto pero tampoco es imprescindible. El ser humano es frágil, hasta el triunfador más exitoso es un perdedor, y no hay refugio posible. Un triunfo, un fracaso, un momento feliz, uno momento desgraciado, la vida, la muerte, todo es aprovechable.

sábado, 20 de octubre de 2018

“Call me by your name” de Luca Guadagnino (2017)



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Una película tan bien dirigida e interpretada como otras recientes películas italianas de más fama y más pretenciosidad, y con la misma artificiosidad, de un preciosismo que aburre, y mostrando una descara explotación del legado histórico-cultural y geográfico del país que cansa.
Si le quitamos eso a la historia y el hecho, que podía ser particular en los años setenta del pasado siglo, de que el argumento verse sobre una relación gay, nos queda una película más de amores de verano y aprendizaje existencial y emocional.
Sólo salvaría de la película el largo y emotivo parlamento del padre del joven al final de la proyección.
Lo demás se queda en una aparente y perfecta narración cinematográfica, sin sustancia, nada original y con montones de recursos manidos.
Todo muy “dejá vu”

lunes, 24 de septiembre de 2018

"Todos lo saben” de Asghar Farhadi (2018)



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Viendo esta película me acordé de Woody Allen y su película española, Vicky Cristina Barcelona, y no porque también actuasen Javier Bardem y Penélope Cruz, mucho más acertados en esta que en aquella, si no porque los dos directores necesitaron y no utilizaron un asesor social, o como se quiera llamar, para adecuar y enfocar la trama de una manera más en consonancia con nuestro tiempo y modo de  relacionarnos. En la de Allen hay un tablado flamenco en Oviedo, ¡My good!, y en esta la boda tenía más que ver con una boda griega, iraní o en todo caso una nuestra de hace cien años. Que alguien me diga que eso le da a la película un toque de intemporalidad, pues vale. Pero si se trata de relatar un docudrama de relaciones humanas creo que mejor fijar lo que está pasando. Adquiere mayor consistencia.
Consistencia es algo que al cine de Farhadi le falta, quizás porque aunque vive en Occidente sigue impregnado del sentir y la emoción de su tierra iraní. Y hay un desajuste evidente sobre lo qué y cómo se narra.
Eso y su tendencia a la teatralización convierten sus películas en algo que uno tiene la sensación de que se salvan en el último instante o que están siempre al borde la telenovela. En este film no hay el juego creativo de “El viajante” y la trama es simple y mil veces vista. Las interpretaciones, ajustadas y esforzadas, denotan una potente dirección pero los espectadores, al menos los españoles, al menos yo, viéndola tenía la sensación de estar viendo un cine de los sesenta o anterior.
No comprendo cómo este cine recibe tanto premio y alabanza. Es un cine ingenuo, simple, anticuado y tengo la sensación de que muchos de los parabienes que recibe se alimentan de la nostalgia. Un poco como nos mostramos ante la inocencia de un niño.
Vease “El último tango en París” o “Muerte en Venecia” o cualquier película de Antonioni o Godard y si no se preguntan ustedes
-¿Qué ha pasado que estamos otra vez como al principio?
o,
-¿Es esto un regreso al futuro?
o,
-¿Rodamos en círculo?
Es que, o ven poco cine, o ven mucho cine de barrio.