
A mí siempre me parece que la cultura francesa en general, al menos la que nos llega, peca con mucha frecuencia de exceso de exhibicionismo. Para lo bueno y para lo malo.
En este libro de Michel Leiris, en el que según Susan Sontag, el autor se vuelca y hace una disección de si mismo, sobre todo aludiendo a lo más oscuro e inconfesable, no puedo por menos de ver mucho exhibicionismo, poca humildad y sentir el tufo de la autocomplacencia.
No veo en estas confesiones ni pizca de dolor, amargura, cosa normal teniendo en cuenta que habla de carencias que no son precisamente el alimento de la felicidad y el bienestar. Hay como un orgullo soterrado en ese estar pasándolo mal, masoquismo. Se publicitan las desgracias, carencias y penalidades que uno sufre a la vez que se muestra un cierto orgullo por ser el elegido. Lo que te lleva a terminar leyendo estas lineas como quien ve una película, a veces de dibujos animados.
Porque la verdad es que tampoco estas confesiones sirven para sacar del tabú ciertos temas pues el protagonista nunca se muestra rebelde y reivindicativo, más bien derrotado y sometido.
Hay más emoción, intensidad, compasión, dolor en un cuento de Carver que en todo el libro de Leiris.
No me gusta hablar de snobismo, deseos de epatar, dependencia del lector, pero es que él mismo lo dice en varias ocasiones. Y no parece que estas vicisitudes desgraciadas sirvan para otra cosa que para ver su vida como una rígida caja, de ángulos imposibles, en la que él se acopla, se doblega.
En fin no encuentro en ningún momento la posibilidad de emocionarme. Acabo el libro y siento que no he salido en ningún momento de la anécdota. Lo arbitrario de la narración que sigue una linea narrativa más que aleatoria no ayuda.
Una anécdota que Leiris se ha encargado de relacionarla con personajes mitológicos y bíblicos. ¿Y quién que está a punto de despeñarse o quién que sufre de marginación y desprecio, sufre burlas, se entretiene en arreglarse el flequillo y limpiarse los zapatos?
No consigo no ya compadecerme, es que ni tan siquiera consigo interesarme.
Un petimetre en el país de los ombligos. Así veo a veces a Francia.
Intrascendente para mí.
sábado, 27 de marzo de 2021
“Edad de hombre” de Michel Leiris
martes, 17 de noviembre de 2020
JoJó Rabbit de Taika Waititi (2019)
Nunca había visto una película protagonizada por seres humanos que se pareciese tanto a una de película de dibujos animados.
Buen intento el de Taika Waititi por mostrar un nuevo punto de vista sobre lo que el nazismo ocasionó en Alemania, pero carece de la sutileza y creatividad de “La vida es bella” y por supuesto no consigue la intensidad trágica natural y propia de la situación.
Es una película de humor grueso y diálogos llenos de tópicos y gracietas, con unos niños absolutamente inverosímiles. Si Ana Frank viese el film y contemplase a su homónima situación, seguramente fliparía.
Después las interpretaciones, tan superficiales como frívolas, no ayudan. Sam Rockwell, que sabe crear personajes muy creíbles y dispares, interpretaciones acertadas, también tiene un socorrido personaje, desnortado, irreverente, indisciplinado, histriónico, interpretación aceptada y afectada, que ya es marca de la casa y que se lleva de película en película, lo que se llama el encasillamiento. Aquí lo ha vuelto a hacer. Esto es muy malo para cualquier película. Le quita credibilidad, debilita la historia, y sume al espectador en confusión, acordándose de otras películas que casi siempre no tienen nada que ver con la que estás contemplando.
Scarlett Johansson, más de lo mismo. Hace poco la vi en “Historía de un matrimonio”. Nada que ver. Aquí hace su papel aceptado y en la otra su papel acertado. Seguramente los que le piden y pagan en cada caso.
Los dos niños de la película son una suma de gracietas, mohines, conversaciones impostadas de adultos en cuerpos de niños, truco viejo, que hace intrascendente cualquier cosa que les pase. En pleno bombardeo parece que están de picnic.
Película fallida, que de tan irrelevante e inocua seguramente si molesta a los judios será por el trato tan superficial y grotesco que dan a unos nazis que sembraron Europa de horror y terror. A mí al menos me ha molestado. No hay manera de ver a Adolf Hitler como una amigo.
Desde luego no me ha convencido de que esta podía ser la forma de ver el nazismo de un niño de la época.
sábado, 31 de octubre de 2020
“La caída del imperio americano” de Denys Arcand (2019)
Cuando vi el título y me acordé de una película del mismo director pero de 1986 que se llamaba “El declive del imperio americano”, pensé que era una jugarreta zafia y garrula de los dobladores de títulos que cometen muy a menudo esas tropelías, pero no….
Era cosa del director, la chute y le declive de l´empire americaine, la garrulez y la zafiedad.
Denys Arcand debe ser una persona preocupada por el malestar y la injusticia de nuestro tiempo e intenta denunciarlo.
Pero para mí que no lo consigue.
Yo en este film, la chute, no me atrevo a decir que se denuncia nada, a pesar de las fotos del final, que no sé a qué vienen, y que arrancaron un tibio aplauso entre mis compañeros de sesión. Unos aplausos que seguramente habrían tenido problemas para explicar más allá del “buenismo” en que estamos instalados en esta sociedad nuestra que protege a los toros mientras la normativa laboral es peor que la de hace cuarenta años.
Para mí, esta película tiene una escena divertida y acida al principio de la proyección, que trata de cómo la inteligencia es una garantía de fracaso, pero que luego se convierte en la consabida historia sobre un desgraciado que se enfrenta por una de esas jugadas del destino a los “malotes” con la ayuda de dos malitos que en realidad son dos buenazos, dos trozos de pan, y uno de ellos un bellezón. La policía tonta a más no poder, con escenas y diálogos que lucen como parches en una rueda redonda.
Pero si todas las ruedas son redondas, dirá alguien. Pues eso, una película absolutamente repetitiva y llena de tópicos.
Si va usted a verla con que contemple el dialogo inicial es suficiente. Ahí se acaba lo que ni había empezado.
Denys Arcand, el director amable.
domingo, 11 de octubre de 2020
Rifkin´s Festival de Woody Allen (2020)

Las películas de Woody Allen, su interés, terminaran diluyéndose en la corriente de la reiteración y la insistencia como un azucarillo complaciente, simpático y un tanto atrevido en una taza de café aburrido.
Y también como un azucarillo son presentadas. Envueltas en los créditos en blanco y negro, con los tipos acostumbrados y la música de jazz habitual.
Después vemos que se trata de la historia de siempre, en las que el personaje principal es un trasunto del mismo director con sus inquietudes, experiencias y vicisitudes existenciales habituales, trufadas de diálogos chispeantes, ocurrentes, con la ironía y mala baba marca de la casa, sin faltar la autocompasión y la reiterativa pena por uno mismo: Amor, desamor, sexo y decaimiento físico.
Esta es la esencia del cine de Woody Allen, luego en cada película le va añadiendo algún aderezo. En este caso se traslada al Festival de cine de San Sebastián y se dedica a homenajear al cine por medio de innumerables guiños y llamadas a películas y cineastas de su vida y de la nuestra.
Y no hay más. No se si es bastante.
Posiblemente Woody Allen se está agotando.
La he visto con simpatía, resignación y un poco de pena.
De todas formas, gracias maestro por seguir ahí. Nunca se sabe.
martes, 6 de octubre de 2020
“Eso que tu me das” de Pau Donés (2020)

En la pequeña novela de Alan Bennett, Una lectora poco común, pequeña en páginas y grande en contenido, la actual reina de Inglaterra, que se ha convertido en una lectora voraz, causando innumerables contratiempos a su alrededor , cae en la cuenta de que siempre ha sido un personaje, nunca una persona. Y eso no le satisface, ahora que se ha dado cuenta.
A Pau Donés le ha pasado igual, además lo explicita en el documental. No quiere desaparecer y que la gente tenga en mente a ese hombre sano, simpático, dicharachero que cantaba aquello de “la flaca”, ese es el personaje y ese nunca desparecerá. Quien va a desaparecer, quien se va a morir y está sufriendo es la persona, tal cual se puede ver en ese momento, decrépito, casi sin voz. Y quiere dejarlo claro. Que todos lo sintamos, como si fuésemos familiares suyos. Le mueve el afán de trascender más allá del personaje.
Y para eso llama a Jordi Évole, que con su proverbial humildad, fruto de un convencimiento justo y exacto de la propia valía y unos principios que sospecho férreos, se apresta sin problemas, convirtiéndose en su servidor. Por eso he titulado la reseña “de Pau Donés”. Y ahí creo que Jordi Évole ha fallado. Sé que era un compromiso peliagudo pero creo que debería haberle pedido compensaciones a Pau Donés: Tú quieres esto, bien, pero a cambio me tienes que dar esto otro.
Porque no es la primera vez que se graba algo parecido. Hay, creo, una fotógrafa norteamericana que fotografió durante años su decadencia fruto también de una enfermedad. Y hay algún caso más.
En España es la primera vez que se rueda algo parecido que yo sepa. Así que bienvenido el documental.
Ese “esto otro” que Jordi Évole podía haber pedido, ese ir un poco más allá, hubiera sido hacer presente a la gran ausente del documental, la enfermedad y de que manera se había cebado en el cuerpo que estamos viendo. Cómo se manifestó, cómo evolucionó, cómo pasó, cómo se alimentaba, qué partes de su cuerpo habían dejado de funcionar, cómo se acabaría la vida de ese cuerpo. Casi una lección de anatomía fisiológica. Sin esto, rodada con sencillez y simpleza, casi improvisando, se queda en un mero registro de alguien que está a las puertas de la muerte.
Todo eso nos lo escamotea Pau Donés que sólo quiere hacerse presente tal y como es ahora, impidiéndonos tener la distancia que su personaje ofrece pero que él con su insistencia hace desaparecer. A algunos nos hubiera gustado algo más, porque irse así con arrojo, elegancia, casi con amabilidad lo hace mucha gente. A mí se me fue un amigo de esta manera hace unos años, con la misma serenidad y valentía que el cantante, pero mi amigo no tenía la necesidad de separar personaje y persona. Podía haber grabado un documental parecido, pero ¿a quién le hubiera interesado? Pues sólo a los que ya le conocíamos como persona.
Así que esto es los que ha conseguido Pau Donés, darle una patada a su personaje y ponernos en primer plano su persona, para jodernos, hacernos sufrir y sentir que se moría una persona, con sus defectos y virtudes.
Tiene derecho. A los que van a morir se le puede negar muy pocas cosas.
Se mire como se mire, una lección de vida.
Lo que no sé muy bien es si agradecérselo a él y a Jordi Évole. Cargar con otro muerto, con el que no contaba.
domingo, 20 de septiembre de 2020
PELÍCULAS QUE NO IRÉ A VER 5 (Para mayores de 50 años)
Superagente Makey de Alfonso Sánchez (2020)

Para empezar, que el director se llame como el crítico de cine inolvidable de voz aguardentosa, acatarrada, bronca debe ser lo mejor del film. No sé si tienen alguna relación familiar. Me gustaría saber qué diría de ella el inefable crítico. Seguramente con su bonhomía y su cachaza diría algo así como,
-Película, pase, pero cine…..
Empiezo.
Sí, Leo Harlem tiene momentos hilarantes en sus monólogos. Sí, hay que agradecerle la creación de ese ser impresentable, garrulo, grosero, enamorado de todo lo casposo español, cervecero y panzón. Nos reímos con él, pero no deberíamos imitarlo.
Sí, no siempre hay que estar haciendo películas “Bergman”
Sí, la gente necesita divertirse y reír.
Sí, sí, los actores tienen que vivir. Que sí. Y los cámaras. Y los productores. Sí, sí, todos tenemos que vivir.
Y así podría encontrar cien excusas para defender esta película.
Pero ninguna de ellas tendría que ver con la originalidad, la creatividad, el arte, la enseñanza del mismo, la rebeldía que entraña el mismo, lo sorprendente del mismo, es decir con todo lo bueno y excelente que el séptimo arte representa.
Es decir, junte unas chuches, una botella de calimocho, una pizza y de postre un bollicao, todo al ritmo de un regatón, pásalo por una cámara de cine y ya.
Pero, ¿y dónde queda la función educativa, estimulante, formativa,, cocienciante, despertadora de inquietudes, de sueños, de ilusiones del arte, del cine?
¿Alguna vez adquiriremos la determinación de no hacer por dinero más que lo estrictamente necesario para sobrevivir? Lo que me lleva a entender a todos los que se hayan apuntado al proyecto por necesidades de sobrevivir. Los demás, mal, muy mal. Vender alhajas falsas para sobrevivir bien. Para enriquecerse , mal.
¿Alguna vez adquiriremos la conciencia del poder educativo de los medios, entre ellos el cine y del daño que se hace con productos mediocres a las mentes juveniles?
¿No nos damos cuenta del aborrecimiento, el entontecimiento que este tipo de cine produce?
¿O es que trabajamos para conseguir un mundo feliz, lleno de epsilones?
Por eso no iré a ver esta película. Me la sé enterita.
Llevo años huyendo de ellas. Las conozco. Sé como se las gastan. A lo que suenan. Mucho ruido y ni una nuez.
No vayan a verla. Hagan cualquier otra cosa que no sea embrutecedora.
Siento decirlo.
domingo, 13 de septiembre de 2020
Una casa para el sr. Biswas de V.S. Naipul

Cuando acaba la narración uno se alegra de la muerte del Sr. Biswas. Tanta desgracia, tanta infelicidad, mala suerte y falta de empatía con el mundo que le rodea es difícil de soportar. Cerrar el libro y pensar que este alma de cántaro va seguir por el mundo me dejaría intranquilo. Mejor muerto, que deja de padecer.
Dos hallazgos me llaman la atención nada más empezar la lectura. El acierto de llamar al protagonista Sr. Biswas desde que nace hasta que muere, en una clara metáfora de que tal como nace muere, sólo e incomprendido e indeseado. Y el otro, presentar los diálogos entre niños y adultos sin hacer distinción.
La portentosa narrativa de Naipul, incontinente, verborreica, descriptiva hasta la extenuación, cargada de intención, malévola a veces, humorística siempre, sorprendente, eleva las vicisitudes de este desgraciado ser, puro, transparente incluso en sus pecados, rodeado de infortunios, eleva a los planes y esperanzas ruinosas del Sr. Biswas a épica quijotesca, sin locura perceptible, a ras de suelo, de barro, de charcos, de hacinamiento y miseria. Todo son molinos de viento. Y Aldonza Lorenzo nunca es Dulcinea del Toboso, no ha lugar. Sólo tiene un amigo y se va a Estados Unidos.
Seguramente el Sr. Biswas no es un “alter ego” del autor pero seguro que hay jirones en carne viva de él y de más de un conocido. No se puede cincelar tanto personaje con perfiles tan claros sin un buen material. Hay tanta alma en esta historia que casi parece un reportaje sobre cualquiera de estos seres que maltrechos vemos bajar de las pateras.
¡Qué pulso el de Naipul a lo largo de las más de quinientas páginas! ¡Ni una vacilación, ni una decaída en el ritmo de la prosa!
Ese “crescendo” que se produce en el capítulo 3, “La aventura de Shorthills” es como una sacudida en el embrujo en el que uno está sumergido. Oyes a Naipul, ¡Eh, no te creas que no puedo hacer más!
En este capítulo más que seres humanos uno percibe el ronroneo de una tribu de termitas, incansables, en su ilógica, incesante y extraviada actividad. Devorando todo lo que se pone a su alcance. Y el Sr. Biswas, frustrado, criticón, inadaptado, envidioso, yendo y viniendo atrapado en una vida predestinada al mas absoluto de los fracasos.
Creo que el colonialismo no es el centro de esta historia. No hay una crítica, no hay una exposición de cómo los emigrantes nunca encuentran su lugar. Es como todas las grandes obras, algo que se eleva por encima del tema, de los temas, para dejar bien al descubierto la naturaleza humana: Envidia, rencor, egoísmos, desesperanza, falta de amor, soledad y más desesperanza.
No hay en el libro un resquicio para la salvación.
Parece que Naipul no puede enternecerse.
Colosal, esta obra maestra de la literatura.