martes, 6 de octubre de 2020

“Eso que tu me das” de Pau Donés (2020)

Eso que tú me das', el documental con el que se despidió Pau Donés

En la pequeña novela de Alan Bennett, Una lectora poco común, pequeña en páginas y grande en contenido, la actual reina de Inglaterra, que se ha convertido en una lectora voraz, causando innumerables contratiempos a su alrededor , cae en la cuenta de que siempre ha sido un personaje, nunca una persona. Y eso no le satisface, ahora que se ha dado cuenta.
A Pau Donés le ha pasado igual, además lo explicita en el documental. No quiere desaparecer y que la gente tenga en mente a ese hombre sano, simpático, dicharachero que cantaba aquello de “la flaca”, ese es el personaje y ese nunca desparecerá. Quien va a desaparecer, quien se va a morir y está sufriendo  es la persona, tal cual se puede ver en ese momento, decrépito, casi sin voz. Y quiere dejarlo claro. Que todos lo sintamos, como si fuésemos familiares suyos. Le mueve el afán  de trascender más allá del personaje.
Y para eso llama a Jordi Évole, que con su proverbial humildad, fruto de un convencimiento justo y exacto de la propia valía y unos principios que sospecho férreos, se apresta sin problemas, convirtiéndose en su servidor. Por eso he titulado la reseña “de Pau Donés”. Y ahí creo que Jordi Évole ha fallado. Sé que era un compromiso peliagudo pero creo que debería haberle pedido compensaciones a Pau Donés: Tú quieres esto, bien, pero a cambio me tienes que dar esto otro.
Porque no es la primera vez que se graba algo parecido. Hay, creo, una fotógrafa norteamericana que fotografió durante años su decadencia fruto también de una enfermedad. Y hay algún caso más.
En España es la primera vez que se rueda algo parecido que yo sepa. Así que bienvenido el documental.
Ese “esto otro” que Jordi Évole podía haber pedido, ese ir un poco más allá, hubiera sido hacer presente a la gran ausente del documental, la enfermedad y de que manera se había cebado en el cuerpo que estamos viendo. Cómo se manifestó, cómo evolucionó, cómo pasó, cómo se alimentaba, qué partes de su cuerpo habían dejado de funcionar, cómo se acabaría la vida de ese cuerpo. Casi una lección de anatomía fisiológica. Sin esto, rodada con sencillez y simpleza, casi improvisando, se queda en un mero registro de alguien que está a las puertas de la muerte.
Todo eso nos lo escamotea Pau Donés que sólo quiere hacerse presente tal y como es ahora, impidiéndonos tener la distancia que su personaje ofrece pero que él con su insistencia hace desaparecer. A algunos nos hubiera gustado algo más, porque irse así con arrojo, elegancia, casi con amabilidad lo hace mucha gente. A mí se me fue un amigo de esta manera hace unos años, con la misma serenidad y valentía que el cantante, pero mi amigo no tenía la necesidad de separar personaje y persona. Podía haber grabado un documental parecido, pero ¿a quién le hubiera interesado? Pues sólo a los que ya le conocíamos como persona.
Así que esto es los que ha conseguido Pau Donés, darle una patada a su personaje y ponernos en primer plano su persona, para jodernos, hacernos sufrir y sentir que se moría una persona, con sus defectos y virtudes.
Tiene derecho. A los que van a morir se le puede negar muy pocas cosas.
Se mire como se mire, una lección de vida.
Lo que no sé muy bien es si agradecérselo a él y a Jordi Évole. Cargar con otro muerto, con el que no contaba.


domingo, 20 de septiembre de 2020

PELÍCULAS QUE NO IRÉ A VER 5 (Para mayores de 50 años)

 Superagente Makey de Alfonso Sánchez (2020)

El sevillano Alfonso Sánchez estrena “Superagente Makey”

Para empezar, que el director se llame como el crítico de cine inolvidable de voz aguardentosa, acatarrada, bronca debe ser lo mejor del film. No sé si tienen alguna relación familiar. Me gustaría saber qué diría de ella el inefable crítico. Seguramente con su bonhomía y su cachaza diría algo así como,
-Película, pase, pero cine…..
Empiezo.
Sí, Leo Harlem tiene momentos hilarantes en sus monólogos. Sí, hay que agradecerle la creación de ese ser impresentable, garrulo, grosero, enamorado de todo lo casposo español, cervecero y panzón. Nos reímos con él, pero no deberíamos imitarlo.
Sí, no siempre hay que estar haciendo películas “Bergman”
Sí, la gente necesita divertirse y reír.
Sí, sí, los actores tienen que vivir. Que sí. Y los cámaras. Y los productores. Sí, sí, todos tenemos que vivir.
Y así podría encontrar cien excusas para defender esta película.
Pero ninguna de ellas tendría que ver con la originalidad, la creatividad, el arte, la enseñanza del mismo, la rebeldía que entraña el mismo, lo sorprendente del mismo, es decir con todo lo bueno y excelente que el séptimo arte representa.
Es decir, junte unas chuches, una botella de calimocho, una pizza y de postre un bollicao, todo al ritmo de un regatón, pásalo por una cámara de cine y ya.
Pero, ¿y dónde queda la función educativa, estimulante, formativa,, cocienciante, despertadora de inquietudes, de sueños, de ilusiones del arte, del cine?
¿Alguna vez adquiriremos la determinación de no hacer por dinero más que lo estrictamente necesario para sobrevivir? Lo que me lleva a entender a todos los que se hayan apuntado al proyecto por necesidades de sobrevivir. Los demás, mal, muy mal. Vender alhajas falsas para sobrevivir bien. Para enriquecerse , mal.
¿Alguna vez adquiriremos la conciencia del poder educativo de los medios, entre ellos el cine y del daño que se hace con productos mediocres a las mentes juveniles?
¿No nos damos cuenta del aborrecimiento, el entontecimiento que este tipo de cine produce?
¿O es que trabajamos para conseguir un mundo feliz, lleno de epsilones?
Por eso no iré a ver esta película. Me la sé enterita.
Llevo años huyendo de ellas. Las conozco. Sé como se las gastan. A lo que suenan. Mucho ruido y ni una nuez.
No vayan a verla. Hagan cualquier otra cosa que no sea embrutecedora.
Siento decirlo.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Una casa para el sr. Biswas de V.S. Naipul

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Cuando acaba la narración uno se alegra de la muerte  del Sr. Biswas. Tanta desgracia, tanta infelicidad, mala suerte y falta de empatía con el mundo que le rodea es difícil de soportar. Cerrar el libro y pensar que este alma de cántaro va seguir por el mundo me dejaría intranquilo. Mejor muerto, que deja de padecer.
Dos hallazgos me llaman la atención nada más empezar la lectura. El acierto de llamar al protagonista Sr. Biswas desde que nace hasta que muere, en una clara metáfora de que tal como nace muere, sólo e incomprendido e indeseado. Y el otro, presentar los diálogos entre niños y adultos sin hacer distinción.
La portentosa narrativa de Naipul, incontinente, verborreica, descriptiva hasta la extenuación, cargada de intención, malévola a veces, humorística siempre, sorprendente, eleva las vicisitudes de este desgraciado ser, puro, transparente incluso en sus pecados, rodeado de infortunios, eleva a los planes y esperanzas ruinosas del Sr. Biswas a épica quijotesca, sin locura perceptible, a ras de suelo, de barro, de charcos, de hacinamiento y miseria. Todo son molinos de viento. Y Aldonza Lorenzo nunca es Dulcinea del Toboso, no ha lugar. Sólo tiene un amigo y se va a Estados Unidos.
Seguramente el Sr. Biswas no es un “alter ego” del autor pero seguro que hay jirones en carne viva de él y de más de un conocido. No se puede cincelar tanto personaje con perfiles tan claros sin un buen material. Hay tanta alma en esta historia que casi parece un reportaje sobre cualquiera de estos seres que maltrechos vemos bajar de las pateras.
¡Qué pulso el de Naipul a lo largo de las más de quinientas páginas! ¡Ni una vacilación, ni una decaída en el ritmo de la prosa!
Ese “crescendo” que se produce en el capítulo 3, “La aventura de Shorthills” es como una sacudida en el embrujo en el que uno está sumergido. Oyes a Naipul, ¡Eh, no te creas que no puedo hacer más!
En este capítulo más que seres humanos uno percibe el ronroneo de una tribu de termitas, incansables, en su ilógica, incesante y extraviada actividad. Devorando todo lo que se pone a su alcance. Y el Sr. Biswas, frustrado, criticón, inadaptado, envidioso, yendo y viniendo atrapado en una vida predestinada al mas absoluto de los fracasos.
Creo que el colonialismo no es el centro de esta historia. No hay una crítica, no hay una exposición de cómo los emigrantes nunca encuentran su lugar. Es como todas las grandes obras, algo que se eleva por encima del tema, de los temas, para dejar bien al descubierto la naturaleza humana: Envidia, rencor, egoísmos, desesperanza, falta de amor, soledad y más desesperanza.
No hay en el libro un resquicio para la salvación.
Parece que Naipul no puede enternecerse.
Colosal, esta obra maestra de la literatura.

lunes, 3 de agosto de 2020

“Tiempo compartido” de Sebastián Hofmann (2019)

Tiempo compartido (2018) - Filmaffinity
Estaba paseando por Netflix y me encontré con esta joyita.
Uno podría caer en la trampa de la apariencia y llamar peliculita a este filme por su ambientación y el tratamiento de los personajes, como de comedia insulsa, para pasar el rato. Pero lo cierto es que esta distopía hace una crítica de lo más ácida sobre varios asuntos que marcan nuestra época:
-la necesidad de agruparse bajo una idea, empresa o lo que sea, que deja bien clara nuestra naturaleza gregaria que se acentúa en momentos de individualismo y egoísmo.
-la asombrosa facilidad con que la sociedad de consumo “negociza” cualquier iniciativa humana, no importa si es en contra o a favor de esa misma sociedad. Ya se encargará ella de darle un nuevo aire en ese proceso de “negocización”.
-La férrea influencia/interferencia de USA en el resto del mundo, con especial dedicación a sus vecinos “de abajo”
-El desenmascaramiento de ese ser que presume de ser racional y que tantas irracionalidades comete.
Todo está en esta película de tono frívolo. Al fin y al cabo se trata de unas vacaciones largo tiempo esperadas.
Una historia acompañada por una música muy acertada para unas situaciones ambiguas, inquietantes, que no dejan relajarse al espectador ni un momento.
El tema lo invade todo. Es la viga maestra del film. Todo, interpretaciones, fotografía, escenario queda sometido a su desarrollo. Película de tesis, pues.

domingo, 31 de mayo de 2020

“Terciopelo azul” de David Lynch (1986)


Terciopelo azul (1986) - Filmaffinity

Entre el confinamiento y que el otro día puse la BSO de la película, al final he terminado viendo no sé por qué enésima vez este film.
Obra maestra indiscutible del cine, la mejor película de Lynch y una de las maneras más acertadas de contar los miedos del ser humano cuando dejando la adolescencia entra en la edad adulta.
Todo en la historia es excelente, toda ella está cargada de creatividad, originalidad y la mano maestra de Lynch no se excede como en otros films y dirige a los actores como un virtuoso musical puede tocar su instrumento.
Yo aún me acuerdo de la primera vez que la vi. Había ido a verla con mi hermano y la hermana de mi mujer que se había  quedado cuidando a nuestra primera y entonces muy pequeña hija.
Me quedé tan impresionado por las imágenes que acababa de ver que me preguntaron si me pasaba algo.
Se me ha quedado grabado para siempre ese muerto que se queda en pie, en medio del salón, negándose a morir, el resto de personajes pululando a su alrededor, y yo preguntándome, ¿Qué le pasa?
Una banda llena de canciones inolvidables de un indudable sabor nostálgico que ayudan a los dos adolescentes horrorizados a despedirse de su inocencia en medio de adultos atormentados, delincuentes, corruptos.
¿Y ese camión de bomberos que saluda al público al empezar el film para después adentrarse a través de una oreja en el horror que espera al niño que todos fuimos?
Esa mujer desnuda, desvalida, ese rostro de la Rossellini… en fin, una maravilla absoluta de creatividad, emociones y originalidad.
Sólo con Muholland Drive (2001), David Lynch rozó un poco el nivele de excelencia de esta obra maestra del arte.

miércoles, 6 de mayo de 2020

“Diamantes en bruto” de Joshua y Benny Safdie

Diamantes en bruto - Aceprensa

Cuando vi las primeras imágenes del film, las expectativas que no eran grandes, aún se vieron más limitadas. Después la historia hizo un poco de psicodelia y por un viaje propio de la época de los “pinkfloyd” terminamos contemplando una colonoscopia. Ahí me enganché. Fue como una introducción tipo “quintasinfonia” y cuando se abrió el escenario, teníamos delante de nosotros el trepidante mundo occidental con prisas, ambiciones, fracasos, traiciones y vicios. La proyección cogió un ritmo que ya no soltó hasta el previsible final, tratándose de un par de hermanos muy próximos a los Cohen, pero ya absolutamente desbocados.
Y he de confesarlo, terminé agotado siguiendo las evoluciones del protagonista magníficamente interpretado por Adam Sandler. Un protagonista que como un palo en medio de la corriente de la vida, es arrastrado en un continuo aluvión de despropósitos. No hay un segundo de relax.
Adam Sandler compone un personaje entrañable y miserable a la vez, lleno de matices, que se convierte en el tifón que arrastra toda la película tras él.
Los hermanos Safdie se han apañado para hacer una película muy personal con un tema de siempre. La ambición desmesurada e irracional de un perdedor nato, que solo afloja al final. Un personaje despreciable y entrañable a la vez.
Fantástica película que no podía tener otro final que el que tiene. Otro final hubiera dejado la película en intrascendental. Con este final se convierte en una tragedia sobre alguien que ha perdido todas las posibles redenciones en pos de una vida lógica.
Un pero, el título desmerece totalmente el film. Mucha gente no se acercará a verla por ello. Llama a un film de tarde de sofá. Una pena, porque se perderán una película muy notable. En la senda del cine de los Cohen, Scorsese o Guy Ritchie.

martes, 28 de abril de 2020

"El viaje del elefante" de José Saramago


El viaje del elefante (Contemporánea): Amazon.es: Saramago, José ...
A mí José Saramago siempre me ha parecido un escritor de grandes ideas pero desarrollos limitados, insustanciales, que convierten a sus libros en innecesarios.
Que Portugal se separa de Europa e inicia una navegación incierta por el océano, que todos somos ciegos, que un elefante es conducido desde Lisboa a Viena, que si echarle un vistazo a un heterónimo del enorme Fernando Pessoa, etc., etc.
Todas son ideas extraordinarias pero después se quedan en nada. Anecdóticas.
Como el viaje de este elefante.
Cabe en la imaginación de cualquiera que este viaje podía dar mucho de sí, armar reflexiones de todo tipo y pelaje, incluso abstracciones verdaderamente originales y creativas, condimento hay, pero José Saramago se limita a una historia infantiloide, sin sustancia, ni réditos de otro tipo.
La narración sucinta, aderezada con chascarrillos fuera de tono, populacheros y carentes de significado, sin personajes ni tan siquiera esbozados, como si fuese una novelista del Oeste pero con unas cuantas páginas más.
Y es que pasa que hay autores que se encienden con la vida y después ya alumbran por su cuenta y hay otros, de mecha corta y deposito magro, que necesitan del aliento de los hechos constantemente. Aunque sea común a ambas clases el escribir bien. Y es que un escritor que escribe bien sin decir nada es un artesano y uno que escribe bien o mal, pero tiene cosas que decir es un artista. José Saramago es de los primeros.
Por eso este libro sólo es interesante para lectores que comienzan pero para lectores avezados y exigentes absolutamente prescindible.