jueves, 16 de agosto de 2018

“La región salvaje” de Amat Escalante (2016)


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Las películas de Amat  Escalante no aburren, son estimulantes y siempre hablan de Méjico. Por lo menos de la sociedad mejicana.
Que sean películas impactantes, violentas, que los hombres carguen con su papel de macho y las mujeres vivan una vida ajena, aunque sea la suya, ya es lo habitual en su cine.
Él lo único que hace y es mucho, es cargar las historias de fuerza arrolladoramente visual y expresiva, introducir algún ingrediente extraño, como se hace en las comidas, para potenciar el “sabor” del plato y una libertad total para hilar los sucesos. Sin ninguna barrera.
Aunque parezca mentira Amat Escalante mima al espectador, aunque lo mime para ponerle delante lo más sórdido que uno se pueda imaginar.
Esta película más simbólica que “Heli” y menos reivindicativa que “Los bastardos” y por lo tanto menos acomodada al hilo de la actualidad latente mejicana es sin embargo más reflexiva. No para en un momento determinado de la historia de Méjico, si no que la abarca, contempla su lugar en el mundo.
El estrambótico extraterrestre es una excusa que pone sobre la mesa las carencias, los tabús, que como país ha arrastrado Méjico hasta el momento actual.
Para eso sirve el arte, para que el artista traduzca lo innombrable, lo raro, lo malévolo al lenguaje de la emoción y los sentimientos.
Toda esta intensidad narrativa de Amat Escalante oculta o deja en la sombra lo que viene a ser la técnica cinematográfica: Interpretación, guión, fotografía, música, ritmo, armonía, etc., etc. Está por encima de todo la historia. Por eso ciertas inexactitudes, ciertas imágenes, las interpretaciones planas, la falta de guión, no se tienen en cuenta a pesar de estar ahí. Cine de autor con todas sus consecuencias.
Por ahora no hay que perderse ninguna película de Amat Escalante. Por ahora. Todo cansa.

domingo, 12 de agosto de 2018

“Libertad” de Jonathan Franzen


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En la literatura norteamericana es fácil imaginarse ahora mismo a la Narrativa, cual reina altanera y segura de sus atractivos, viendo como Jonathan Franzen y David F. Wallace se pasan el testigo. Como Wallace lo toma y hace su corto pero intenso recorrido y Franzen vuelve a tomar del suelo la antorcha y sigue su camino mientras aguarda al próximo relevista. El camino, nuevo de Wallace, queda abierto, quien lo recorra se verá. Pero Franzen sigue la senda abierta por los grandes narradores de la literatura norteamericana, reflejando con sus historias la sociedad tan compleja, complicada y complaciente que da como fruto todo tipo de manifestaciones, artísticas o no, unas veces horribles, otras horripilantes y otras, como es el caso, extraordinariamente humanas y repletas de sensaciones. Franzen es un Roth más intenso, con más habilidad para las escenas dramáticas, aunque sin tanto animo transgresor y un poco menos compasivo. Y por supuesto más ambicioso.
Libertad es una hermosa y emocionante historia de amor entre dos seres que al final son capaces de sobreponerse a sus inclinaciones e instintos y llegar a amar la esencia profunda del otro. Pero es, también, muchas cosas más. Y muchas cosas aderezadas con el oficio literario de un escritor total. Aunque dentro de los cánones. No ha osado, como Wallace, tirar por un atajo en busca de algo nuevo.
Maneja muchos recursos literarios Franzen. Con ellos ha pergeñado una historia que encierra una docena de historias y repleta de hallazgos narrativos. Como cuando nos cuenta la muerte de un personaje y a continuación narra los pensamientos de otro personaje que está pensando en iniciar una nueva vida con la fallecida, o esa artimaña de iniciar el libro de la misma forma que lo cierra, con una visión de la convivencia en un barrio apartado de la vorágine urbana. Un círculo que se cierra. Un telón que cae.
El portentoso caudal narrativo de Franzen lleva en volandas la construcción de unos personajes nítidos, perfectamente delimitados en sus pensamientos, dialogos y hechos. Lo que le sirve al autor para darle un repaso a todo USA. Con sarcasmo criticar a republicanos, demócratas, ecologistas, puritanos, bohemios, jóvenes acomodados irresponsables, jóvenes traumatizados por padres irresponsables, el abanico es inmenso. Las posibilidades que ofrece EEUU son casi infinitas, Franzen ha  abarcado un buen montón de ellas. Lo que no le impide ponerse reflexivo y decir implacablemente:

                “El éxito en el deporte es un espacio accesible sólo a la mente vacía”

Ni que decir tiene que al leerlo me vinieron algunos nombres a la cabeza.
Los Berglund son la familia alrededor de la cual se teje la muestra de los últimos cincuenta años de vida en Norteamérica, estructurado de la siguiente manera:

Inicio de la familia, breve descripción social del entorno de su hogar.
Autobiografía de la madre de la familia.
Historia de amor con debate ecológico.
Historia del hijo, Joey, con debate y reflexiones sobre lo que es ser judío en USA.
Historia del padre y su carrera como ecologista, con espíritu crítico y desenmascaramiento del mismo como artículo, proclive a la venta y al tráfico, de consumo y manipulación de masa. Un repaso a la demografía ya la destrucción que el ser humano está causando en el planeta.
Progreso al mundo de los negocios del hijo, Joey, con la guerra y el tráfico de armas a cuenta de la guerra de Irak, como fondo.
Recuento coral
Otra vez la autobiografía de la madre
Final de la familia, breve descripción de entorno de lo que será su hogar, ya libres de los hijos.

Por toda la historia desfila la figura del amigo roquero, libre e irresponsable, verdadero símbolo del título- Libertad- y zarandeador de la familia.
No deja de ser una novela costumbrista, moral, que no pierde de vista ciertos valores humanos. Lo que permite a Franzen profundizar en las interioridades humanas, pasando a vuela pluma sobre descripciones de calles, casas, parques, ciudades y entretenerse en descripciones de  digestiones, orgasmos, obsesiones, sueños y variadas cargas de la existencia humana. Todo aderezado con la maestría narrativa de un escritor que deja frases como estas:

“Por la noche se hacia una de las cinco cenas sencillas que ahora se molestaba en prepararse, y luego, como ya no podía leer novelas, ni escuchar música ni hacer nada relacionado con los sentimientos, se obsequiaba con unas partidas de ajedrez y póquer por ordenador y, a veces, con la clase de pornografía descarnada que no guardaba ninguna relación con las emociones humanas”

Definiendo un personaje y su estado como si fuera una pincelada, brochazo certero, en el cuadro inmenso que es la sociedad de Estados Unidos.
Franzen, total.

martes, 7 de agosto de 2018

“Ma Loute” de Bruno Dumont (2016)



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Esta película se proyectó en España bajo el título “La Alta Sociedad”, cuando su título era el nombre de uno de los personajes principales. Si el director hubiera querido que se titulase “la alta sociedad” la hubiera intitulado “La Haute Societé”, pero no, la tituló de otra manera. Pues en España pasando. En fin.
Algunas películas se están convirtiendo en propuestas artísticas en la que lo que menos importa son las normas o reglas estéticas, argumentales al uso del cine o por lo menos tienen un papel secundario.
El director busca una creación personal, lo más personal posible, en la que lo que prima es la satisfacción creativa de la artista. En la que se busca no ser nada complaciente con el espectador, en la que se plantean juegos de adivinanzas, extrañezas varias, se manifiestan influencias nada enmascaradas de otros directores, invitando al que contempla la historia a disfrutar de otros sabores además del esperado. Como en platos tradicionales en los que el cocinero introduce ingredientes inesperados, sabores asonantes, y en los que la estética juega un papel muy importante.
En este film se narra la historia de amor entre dos jóvenes pertenecientes a clases sociales diferentes y sucede al lado de la desembocadura de un río. Una historia que discurre paralela con la extraña desaparición de turistas.
Si les digo que hay incestos, transexualismo, canibalismo y les añado que hay una cierta estética impresionista en la fotografía, que hay referencias al mundo pictórico de Chagall y que un par de policías son el gordo y el flaco, además de ofrecer todos los personajes unos comportamientos grotescos (Amelie y su estética al canto), tendrán ustedes los ingredientes de un plato que no se imaginan como puede saber.
Olvídense del guión, de las interpretaciones, fotografía como se olvidan del sabor dulce, amargo, agrio, salado en la nueva cocina.
Vayan a este cine con el mismo espíritu que van a un menú degustación. No se emocionaran ni se divertirán y desde luego no se aburrirán en ningún momento, la película no da tregua.
Se reirán pero no es una comedia y habrá escenas trágicas y casi “gores” pero no es una tragedia.
Un universo absurdo contado como si fuese neorrealismo o algo así. Merece mucho la pena verla.


jueves, 2 de agosto de 2018

“Los tigres albinos” de Hipólito G. Navarro


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Es Hipólito G. Navarro un adorador de la palabra. Cualquier palabra oscurece su significado, todas son gemas. Mira cada una de las palabras de nuestro vocabulario como resultado de una lenta y profunda destilación. Y además significan. Y depende de donde las pones, la música suena con uno u otro timbre, con una u otra intención, dejando por el camino toda importancia de la significación. Es más importante la sospecha, lo entredicho, la aproximación, lo velado. No está Hipólito G. Navarro para realidades. No está volcado en el hombre, creador de palabras. Está volcado en una forma clara y determinada de contar lo que se le ocurre.
Porque esta narrativa está llena de ocurrencias, los sucesos son alambicados y las frases quieren ser un mundo cada una de ellas.
Son cuentos escritos para todo eso, buscando la sorpresa final, sin perder de vista tantas cosas ajenas a la historia que al final, ésta en sí, no importa. Porque son historias manidas, de andar por casa, que sólo tienen el artificio que el autor les endosa.
Por ejemplo, “Gruyeres nevados”. Una pareja ha salido al campo a coger leña de manera ilegal. Follan y después él se pone a mear, mientras ella ve como llegan dos miembros de la Guardia Civil y aprovecha para hacer una fotografía. La Guardia Civil los amonesta por dejar el coche mal aparcado, en situación de peligro en plena carretera, ellos se muestran sarcásticos (bastante irreal), y se van. Cuando se giran ven como los dos miembros sacan sus respectivos y mean sobre el muñeco de nieve, apareciendo a fuerza de derretirse, el condón antes utilizado por la pareja.
¿Por qué el autor nos cuenta esto? Para hacer un juego elusivo, un ejercicio creativo y distraído, sobre el hecho de ser sorprendido meando sin nombrar la palabra polla, pene, orín, meada o parecidas. Para hablar de follar en el campo sin explicitarlo. Y eso sí, para emplear palabras sobre las que el mismo autor llaman la atención, como peripleando, llevar a cabo un periplo, que no reconoce la RAE, o peneano, relativo al pene.
Es suficiente razón para escribir una historia. Yo creo que no. El autor piensa que sí y es de suponer que se lo pasa bien. Me alegro. No me extrañaría nada que algún cuento haya nacido para darle existencia a un título a priori, que diría el autor.
Hay escritores que escriben una obra para disfrute del lector, algunos incluso se jactan de sufrir horrorosamente para escribirlas. Y la ofrecen como producto serio y muy a tener en cuenta, irrepetible. Es evidente que Hipólito G. Navarro quiere disfrutar la obra con el lector, ser su cómplice y que de sufrir “rien de rien”. Se lo pasa pipa. Nos invita a su juego, a aportar una predisposición, sin la cual, no sacaremos nada en claro. Son como fuegos artificiales. Y ya se sabe, los fuegos artificiales, o te gustan o no, pero no esperes que duren. Tanto florilegio desdibuja la trama, le quita intensidad. Uno no se puede centrar ni en la historia, ni en el adorno. Es difícil armonizar tanto exhibicionismo lexical con una historia, las más de las veces cotidiana. Descompensado.
En la página 123,
“..se rompió en infinidad de trocitos pequeños de a mezclados con el deseo hecho añicos, trocitos  de a que se lanzaron a su vestido… “
Uno se olvida de la historia y se queda enganchado en ese “de a” que no comprende.
Sólo he encontrado un equilibrio perfecto en el cuento “Orquídea de duodeno” entre la ocurrente historia y el consabido juego con las palabras.  En casi todo lo demás, o la ocurrencia es de andar por casa o manida, como en ese último microcuento del libro que se llama,


“El dinosaurio” (¡Vaya por Dios, otro más!)

El dinosaurio estaba ya hasta las narices (¡No me extraña!)

Los “entreparentesis” son míos.

¿De verdad? Pues sí. Al despertar el cuento todavía seguía dando que hablar.
En fin, narrativa de aperitivo.